Una investigación publicada en Biology of Mood & Anxiety Disorders en 2014, encontró que la parálisis temporal de ciertos músculos faciales provocada por la toxina botulínica (bótox) puede modificar la actividad de la amígdala, una región cerebral involucrada en el procesamiento de las emociones.

¿Qué dice la ciencia?
El hallazgo se relaciona con la llamada hipótesis de la retroalimentación facial, la cual plantea que las expresiones que hacemos con el rostro no solo reflejan lo que sentimos, sino que también pueden enviar señales al cerebro que participan en la experiencia y procesamiento de las emociones.
Para estudiarlo, los investigadores observaron mediante resonancia magnética la actividad cerebral de los participantes antes de aplicar Botox, mientras sus músculos faciales estaban paralizados y después de que el efecto desapareciera. Cuando los músculos corrugadores y próceres —los que participan en el gesto de fruncir el ceño— estaban paralizados, la respuesta de la amígdala ante rostros enojados disminuyó. Una vez que el efecto del Botox desapareció, esta actividad regresó a sus niveles previos. Es decir, al modificar temporalmente la capacidad del rostro para reproducir una expresión emocional, también se modificó la manera en que el cerebro procesaba esa expresión.

¿Cómo puede influir el bótox en el procesamiento de las emociones?
Esto no significa que el bótox pueda “apagar” las emociones ni que transforme la personalidad de quien lo utiliza. El estudio fue pequeño y los propios autores lo consideran evidencia preliminar.
Lo que sí aporta es una pieza interesante para comprender la relación bidireccional entre rostro y cerebro: no solo sentimos y después expresamos; la expresión facial también puede participar en la manera en que procesamos lo que sentimos. Pues las señales provenientes de nuestros músculos faciales también pueden participar en la manera en que el cerebro procesa determinados estímulos emocionales.


